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La vida increíble de Hildegarda de Bingen

Hildegarda de Bingen

Héctor Osoriolugo

Por el título, algunos de ustedes pensarán que viene un relato de aventuras o una biografía insólita. Es lo segundo. De aventuras no tiene nada, lamento decepcionarlos; de lo que tiene es de disciplina, de entrega al conocimiento, de empeño en alcanzar lo propuesto: es nada menos que la vida de Hildegarda de Bingen. Algo más por lo que pudiera ser menos atractiva es que sucedió en la Edad Media. Pero en eso, un gran éxito de público me alivia: usted gozó la novela El nombre de la rosa. En ella no hay nada que nos desanime de leer, a pesar de que su ambientación ocurra en unos tiempos tan distintos de los nuestros como los medievales. Por cierto que, viéndolo bien sí hay un ingrediente disuasivo, también de la ambientación, que se trata de una mujer que tomó la vida consagrada, y conozco a muchos que rechazan esos casos de por sí y punto.

¿Quién fue ella?

En vez de presentarles una enumeración de lo que Hildegarda hizo de su existir, voy a dar referencias suyas hechas por la ciencia, el arte y –como más adelante veremos– un movimiento social.

A la investigadora la tienen como exponente respetable, entre otros, los siguientes campos: la ecología, por su dedicación al cuidado de la vida; la medicina natural, la dietología, y así diferentes ramas de las ciencias naturales y de la salud a las que hizo aportaciones de valía cuando muchas de estas carecían de nombre propio o de la denominación actual; la teología, y asimismo vertientes de ella como la mística; la literatura; la música:

Otra manera de saber qué hizo ella es esta: en España hay una toda una casa dedicada a su legado. En su página de la red, asombra lo múltiple de la oferta de entradas. Puede encontrarse  libros —con el registro de sus luminosos encuentros con la divinidad— y música; herbolaria, con toda la gran aplicabilidad que le es propia; recetas de cocina; terapia de lo más apremiante, como la depresión: todas ellas ramas que la sabia no solo dominaba, sino que sentó cátedra en ellas. Eso sí, no encontrará usted terapia de pareja, –a menos que fuese una extensión de las lecciones de ella —pues es una línea en que la iluminada no dejó mayores lecciones.

Y, por si faltaran referencias, que apunten hacia el impacto de su obra, la astronomía ha querido perpetuarla. Un asteroide se llama como ella, y, recientemente, un cráter de la luna.

La devoción que despertaba (y sigue despertando)

Papas, monarcas —como Barbarroja—, superiores de órdenes religiosas, maestros sabios,  mantenían comunicación con nuestro personaje en quien reconocían valores fuera de lo común. Esa facultad de hablarse de tú con los jerarcas la vuelve un ser donde el feminismo reconoce una pionera. Especialmente, el feminismo de la iglesia, pues de los papas hacia abajo, la institución no se caracteriza –hasta ahora—por su comunicación al parejo con la mujer.

Aquel mismo reconocimiento lo había de parte del pueblo hacia la religiosa y debió ser por el que, luego de su muerte, se tornara una especie de santa por aclamación. De parte de la iglesia, se fue hilvanando un proceso de siglos que no es otra cosa que una formalización de aquel clamor.

La cosa vino a parar hasta el reciente pontificado de Benedicto, quien la proclamó “Doctora de la Iglesia”, esta declaratoria se hace en favor de personas cuyas producciones son sabias y recomendadas por esa religión. Mi desconocimiento de los entretelones de esa materia me hace no saber si fue a causa de ese nombramiento por lo que se considera a lo suyo (a lo de Hildegarda) canonización equivalente. El hecho es que hasta Benedicto, la iluminada alcanzó los altares.

hectorosoriolugo2013@yahoo.com.mx

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