Tierra mojada

Tierra mojada

Fernando N. Acevedo

Desde que recuerdo ha sido así. Al percibir ese aroma, de inmediato me asaltan los recuerdos. Tengo bien fresco que en casa de mis abuelos, donde pasaba largas temporadas sin nadie que jugara conmigo, al ver venir las nubes iba corriendo con mi abuela a pedirle dinero. ¡Ah!, bien sabía que, aunque negara tenerlo, siempre terminaba yendo a su ropero, abriendo el folder de los gastos múltiples y entregándome tres pesos de los grandes. Entonces iba yo corriendo al patio trasero, donde estaba aquel tapanco al que siempre me prohibieron subir y debajo del cual había un sinnúmero de botellas de refresco vacías. Yo, obviamente, siempre tomaba una de Jarochito.

Para llegar a la calle bastaba recorrer aquel pasillo de mosaicos rojos y blancos que me parecía interminable, pasar por la recámara grande, apartar con un movimiento de karate la cortina que la separaba de la sala, salir al jardín techado y llegar, por fin, a la puerta de salida. De allí, era correr al establecimiento contiguo a la casa, donde siempre despachaba el “tortero” (nunca supe su nombre, y aún despacha) de Tortas Bristol. Dentro estaba ese carrito estacionado en cuatro calzas de madera que había servido al “tortero” para iniciar su negocio, y con el que hizo suficiente dinero como para comprarle a mi abuelo esa parte de la construcción.

Cuentan que justo allí habían encontrado una olla llena de monedas de oro, y siempre le recriminé a mi abuelo que no la hubiera buscado antes de vender. Él, con su poco humor, me respondía lo mismo cada vez: «Pues ve y reclama eso a tu tío Bernardo, que trajo un “aparatejo” para detectar metales y me agujereó toda la casa sólo para encontrar una estufa vieja debajo del piso de la cocina».

El carrito del “tortero” tenía en uno de sus vidrios un letrero que rezaba: ‟Detente caminante, una torta y ¡adelante!”. Aún tengo la idea de que mi padre le regaló esa frase (o que el canijo que me atendía la había plagiado), pues así comienza uno de sus poemas.

Él ya estaba entrenado. Apenas ponía un pie adentro, me decía: «Un peso, por favor». Yo salía corriendo hasta la esquina, donde daba vuelta a la izquierda para llegar al puesto de periódicos y al de dulces. En ellos me gastaba los otros dos pesos. Uno, en un cuento de La pequeña Lulú y, si había, también de Archie (nunca entendí qué le vio Archie a Verónica; Betty era mucho más bella y era buena). El otro peso era para dos barras grandes de jamoncillo de pepita, de ese que sólo hacían allí en aquel entonces.

Teniendo la lectura y el postre, sólo faltaban los víveres. Regresaba con el “tortero” y ya me tenía listo el encargo: en una bolsita vieja de panadería se encontraban metidos cuidadosamente una torta de pierna (sin chilpotle y con doble mayonesa) y mi Jarochito de naranja.

Todo estaba listo para el espectáculo. Llegaba a casa de los abuelos, llamaba haciendo rebotar la rendijilla del correo contra su propio marco de metal, mi abuelo me abría malhumorado, y yo me apresuraba a llegar adonde estaba la banquita de madera en la parte techada del jardín, desde donde podía apreciar una hermosa vista del Cerro del Borrego. Y esperaba. El viento soplaba ya furioso, se venía una lluvia torrencial. Casi de inmediato, mi abuela salía con una toalla enorme y la colocaba en mis hombros como chal, dejándome con un beso. Entonces comenzaba a comerme mi torta del “tortero”, a beberme mi Jarochito, a leer mis cuentos y a ver llover.

La experiencia se repetía a diario durante un mes o dos.  Así fue durante cada año de mi infancia. Por eso hoy, cuando camino por un parque con Marina, mi sobrina, tomados de la mano, y acaba de llover o han regado los jardines, ella sabe exactamente qué preguntar. Yo siempre contesto lo mismo:

—¿A qué huele la tierra mojada, tío Fer?

—A Orizaba, mi amor. A Orizaba.

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