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¿Dónde jugarán los niños?

¿Dónde jugarán los niños?

Fernando N. Acevedo

A Juan Gerardo Gámiz,
amigo y hermano mayor,
dondequiera que esté.

Cada vez veo con más tristeza que en muchas ciudades han desaparecido, casi por completo, los espacios para que los niños jueguen. No me refiero a clubes deportivos o parques públicos, sino a las áreas cercanas a casa, a la casa de cualquiera de nosotros.

Cuando era niño tuve la fortuna de vivir en una unidad habitacional que tenía áreas dedicadas a la diversión de los pequeños. Nosotros, los amigos y amigas de entonces, llamábamos a la nuestra “cancha”. Era un espacio ovalado y con piso de cemento donde había columpios, argollas, trapecios, tubos para trepar, toboganes y, todo alrededor, mucho pasto, árboles y arbustos.

El porqué llamarla “cancha” es simple: podíamos habilitarla, a pesar de los obstáculos metálicos, como espacio para practicar cualquier deporte: fútbol, fútbol americano (en sus modalidades “tochito” y, cuando nos sentíamos muy valientes, “tacleado”), beisbol, voleibol e, incluso, para organizar nuestras propias olimpiadas (nadie pudo hacer jamás un “cristo” en las argollas, pero varios nos columpiábamos de cabeza en los trapecios) o hasta encuentros de lucha en patines, fútbol en bicicleta o polo con escobas. Incluso alguna vez intentamos el polo con escobas montados en bicicleta y, al romperse las escobas, hicimos con los palos una competencia de lanzamiento de jabalina.

Nada nos detenía tampoco para practicar otro tipo de juegos, como las canicas, el trompo (los de madera con punta de metal, no los de plástico que se rompían al primer tiro “picado”), el balero, el yo-yo, las carreras de coches (ya fuera sobre pista pintada con gis o sobre la pista “natural” que formaba la orilla de cemento que rodeaba todo ese espacio), el “burro castigado”, y los terribles “burra tamalera”, “miau”, los “caballazos” y los “quemados”.

Había muchos juegos casi exclusivos para niños, pero otros, que finalmente aprendimos a jugar también los varones, eran practicados predominantemente por niñas: el salto de la cuerda, el resorte, el “avión” o rayuela y, algo que nunca aprendí ni comprendí: la “pata de gallo”.

La lista es interminable. Mientras recuerdo, reflexiono acerca de lo útiles que eran dichas actividades: promocionaban la integración, el compañerismo e, incluso, la solidaridad, respeto por las reglas de cada juego y, cuando éstas se violaban, la apreciación y aplicación de la justicia. Y ya no digamos la promoción de la actividad física.

Recuerdo que la hora para regresar a casa estaba marcada por el encendido del alumbrado público, que era alrededor de las 6 de la tarde. Pero había ocasiones en que se producía un apagón; entonces aprovechábamos no sólo para pasarnos de listos con nuestras madres (“¡Aún no encienden la luz, mamá!; ¡cuando lo hagan, me meto!”), sino también para jugar a las escondidillas, o al “bote pateado”, al amparo de la oscuridad.

Pero no todo eran juegos ni deportes.

Tuvimos la inmensa fortuna de contar con un amigo que tenía unos cuantos años más que la mayoría. No sé qué ángel lo acompañaba, pero gozaba de la confianza absoluta de nuestros padres para contar con él en cuanto a vigilarnos de vez en cuando, separarnos en las peleas, regañarnos al decir groserías o, incluso, darnos algún coscorrón por faltarle el respeto a un adulto.

Él nos impulsaba y nos enseñaba a construir nuestros propios papalotes (cometas), o a fabricar teleféricos tendiendo cordones entre edificios para enviarnos, de ventana a ventana, mensajes que viajaban en una caja de madera con polea integrada. Gracias a él conocimos “el teléfono con hilo”, cuyos extremos eran latas de sopa Campbell’s. Aprendimos también a construir globos de papel de china que se elevaban con aire caliente, a realizar un “zumbador” con simple hilo de cáñamo y un botón grande para la ropa, y a armar un rifle para disparar tapas de refresco construido con simples ligas de goma, un palo de escoba y una pinza para sujetar la ropa. Con él aprendimos a concentrar la luz del sol con una lupa para encender un papel, y lo peligroso que esto podía ser sin la supervisión de un adulto responsable. Y en los apagones, cuando no había más que obedecer a mamá, él abogaba por nosotros para que nos dieran permiso de permanecer dentro del edificio, sentados todos en las escaleras; entonces, armados con una o dos velas, él nos leía las “Narraciones extraordinarias” de Poe, el “Viaje al centro de la tierra” de Verne o el “Robinson Crusoe” de Defoe.

-o-o-o-

¿Cuántas habilidades ganamos en aquellas tardes de juegos? ¿Cuánto aprendimos con los experimentos realizados con “nuestro amigo el grande”? ¿Para cuántos de nosotros las lecturas, al amparo de la luz de las velas, no fueron motivo de inspiración para querer leer siempre más?

Todo ello, tristemente, es de lo que ahora parecen carecer nuestros niños cada vez más, pues ya no pueden poner un pie fuera de casa por el temor de sus padres a que los atropellen o, peor, a que los secuestren, pues ya no tienen a nadie a quien puedan confiar a sus hijos como un amigo o una guía, tal como nosotros tuvimos a aquel paciente vecino que dedicó horas y horas a una buena cantidad de chamacos que vieron en él a un hermano mayor y, por lo tanto, a un héroe.

El cantautor londinense Cat Stevens (que después cambió su nombre a Yusuf Islam, debido a que se convirtió al islamismo) compuso una canción que reflexiona sobre todo aquello que el hombre gana en la construcción de carreteras, aviones jumbo e, incluso, trenes espaciales. Pero se pregunta, como yo, dónde jugarán los niños a cambio de estas supuestas comodidades y avances que, viéndolo a través del cristal de la nostalgia, cada vez me parecen más retrocesos.

Quizá algo de esto cambiaría si cada colonia de esta ciudad, de todas las ciudades, tuviera niños que contaran con un amigo y hermano mayor como tú, querido Juan.

P.D. Es obvio que este texto fue escrito hace bastante tiempo y al calor de la nostalgia. Recientemente, quiso la vida que, gracias a las redes sociales, pudiera entrar de nuevo en contacto con mi querido Juan Gerardo. Hoy, como exigen el corazón y la modernidad, nos damos a diario los buenos días por WhatsApp, tal como solíamos hacer, “en vivo” y en persona, en nuestra querida Lomas de Sotelo.

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4 Comments

  1. Estimado Fercas:
    en un solo suspiro has hecho posible mi transportación a las contadas pero inolvidables ocasiones en que compartí
    -con ustedes- mis primos eso que tan detalladamente escribes…
    …”Que las arenas de playas de eternidad de recuerdos abreven siempre de la inmensidad de océanos de momentos imborrables de nuestras infancias todas”.

    Gracias.

    1. Mi querido Emigdio, me da gusto que andes por acá. Qué bueno que el texto te agradó. Y es cierto, también te tocó vivir algunas cosas en esa unidad habitacional. Espero que hayan sido solo buenos recuerdos los que te quedan. Un abrazo.

  2. Muy lograda enumeración de recuerdos de esa etapa dorada —en un Día del niño.
    Y, sí, aquel Conjunto Hermanos Serdán nació bien y así se desarrolló.
    Un gusto saber de Juanger, saludos.

    1. Estimado Héctor, gracias por el comentario. Si no fuera por él no habría sabido, o recordado porque algo se movió en mis recuerdos, que la unidad que siempre llamamos “Lomas de Sotelo” está registrada oficialmente como “Unidad Habitacional Hermanos Serdán”. Creo, sin embargo, que es más conocida como “Lomas de Sotelo”, o simplemente “Sotelo”.
      Un abrazo.

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