Fernando N. Acevedo
Sobre el envejecimiento “natural” de cualquier ser vivo hay poco que decir: salvo enfermedades o accidentes que adelanten nuestro proceso de vida natural llevándonos prematuramente hacia la muerte, todos tendremos que pasar antes por la vejez. Y no importa que la ciencia ya haya determinado que las células del cuerpo se regeneren cada cierto tiempo: si bien su promedio de vida varía entre unos cuantos días y casi 16 años, dependiendo de la parte del cuerpo a la que pertenecen y la función que desarrollan, esto no es válido para todas las células, pues algunas, como las de casi todo el cerebro, al parecer son las mismas desde que comenzamos a desarrollarnos dentro del vientre materno hasta el día de nuestra muerte. Dicho en otras palabras, no somos inmortales.
¡Ah, la vejez! Me refiero al estado físico en el que el cuerpo comienza a decaer poco a poco hasta llevarnos irremediablemente hacia el fin de nuestra vida. Esto genera ciertas inquietudes, sobre todo dos, que hasta donde creo haber entendido son: el miedo a envejecer por estar más cercanos a la muerte, y el miedo a verse o sentirse viejo.
¡Qué extraña mezcla de sensaciones se tiene al levantarse por la mañana y descubrir en nuestro rostro una muestra del paso del tiempo que antes no estaba allí!
Hace poco vi unas fotografías familiares donde aparezco bastante canoso. Eso no me horrorizó, pero me hizo reflexionar sobre algunas cosas. No he querido nunca ser de las personas que se dedican a tratar de retardar el deterioro físico mediante la compra de artículos como cremas, lociones o medicamentos naturales o sintéticos para evitarlo, pues creo firmemente que no se verían tantas personas canosas y arrugadas por la calle si esas cosas funcionaran. Dicho sea de paso, la misma reflexión la ocupo para otros “padecimientos” a combatir, como la obesidad, la calvicie, los dientes amarillos o las hemorroides.
Aparte la muerte, consecuencia ineludible de toda vida, ¿por qué nos preocupa tanto envejecer? A algunos, porque sienten que se les termina el tiempo para realizar los sueños; otros, porque piensan que menos cosas de las que les gustan podrán realizar; muchos, porque no soportan la idea de verse a sí mismos relegados por una sociedad a la que han dado tanto y que, en esa etapa de sus vidas, los abandonan. Todo esto genera una ansiedad que nuestros antepasados estaban lejos de imaginar.
Al parecer, los antiguos pobladores de Mesoamérica pensaban que a los 50 años ya habían “cumplido” con su ciclo de vida, y se cree que llegado el momento ofrecían voluntariamente sus vidas en sacrificio para alimentar con su sangre al animal diurno, el águila, porque había perdido mucho de ésta en sus eternas batallas con el animal nocturno, el ocelote (es por eso que en cada atardecer el cielo se ve rojo, por la sangre de la batalla). Su sangre aseguraba un día más a los vivos.
Este tipo de creencias y razonamientos, sin duda muy poco o nada comprendidos por la mentalidad contemporánea, me parecen mucho más prácticos, sensatos y, si gustan, románticos, que el perseverar en mantener a toda costa una imagen joven y bella, teniendo como resultado, la mayoría de las veces, el ridículo de una mala cirugía.
Personalmente, me quedo con mis canas. A mis casi 64 años todavía puedo cultivar algunas arrugas interesantes, y la gente que me quiere me seguirá “enviando tarjetas de San Valentín, tarjetas de felicitación y botellas de vino” cuando tenga sesenta y cuatro años.
Genial observación y apreciación del paso del tiempo, felicidades!!
Muchas gracias por el comentario, Marianita. Un abrazo 😀
Como siempre, conjugas el humor con pensamientos profundos. No te preocupes, cada arruga nos recuerda la maravilla de la vida. Felicidades!
Lau querida, gracias siempre por todo. Bacini tanti di più :* :*
“El último camino transitable…” cantaba Alberto Cortéz.
Si se refiere a la vida, pues es un tránsito, ¿no? Un abrazo 😀